12 mar. 2013

De ser árbol.

Éste es el primer cuento de éste Imaginario. Es un poco - muy - diferente a otras cosas que he escrito, pero es de mis favoritas, también. 
Muchas veces nos preguntamos por qué nos va tan mal en un lugar, con una persona, en una situación. Cuestionamos casi todo, sin darnos cuenta de que la respuesta es obvia.

Espero que les guste este cuento y, también, espero que lo comenten, se los agradeceré mucho.


Pero yo no quiero ser un árbol, lloraba Maricela mientras mamá le ponía las últimas ramas al disfraz de la obra escolar. Yo quiero ser la princesa, o el sapo, no me importa. ¿Por qué el árbol?

Pues porque la hija de la maestra de segundo va a ser la princesa, y porque el hijo de tu maestra va a ser el sapo. aunque tampoco entiendo por qué un árbol. Mínimo una ardilla. Mamá suspiró, reclamaría de no ser porque no quería tener problemas con las maestras después de sus problemas con la directora que, pues básicamente le había robado al marido.

Aunque tampoco sabía si culparlos. Ella se la pasaba encerrada todo el día en su oficina, intentando escribir un libro que pudiera superar a su única novela exitosa, la primera, después de la cual, habían seguido cuatro títulos mediocres que sólo le habían dado para mantener la casa mientras su esposo trabajaba para la comida y todo lo demás. Era el encargado de ir a las juntas escolares y encargarse de Maricela, que apenas iba en primer año de primaria y había sido la primera en enterarse - y enterarla - del romance de su papá con la directora. 

Había llegado llorando a casa, pidiendo cambiar de escuela, de casa, y cuando le contó a su mamá lo que había visto, ella decidió que no, que quienes se irían serían ellos. Llamó a algunos conocidos y les informó de lo sucedido y, gracias al prestigio que aún conservaba gracias a su ópera prima, considerada uno de los nuevos clásicos, la directora había sido despedida a la mañana siguiente y su abogado se encargaría de que su marido no se llevara nada de lo que ella había ganado con tanto esfuerzo, en especial después de serle infiel de esa manera. 

Pero en realidad, éste cuento no es sobre ella, sino como Maricela consiguió el final de cuento que se merecía.

Maricela era muy lista, cosa que sus maestros habían notado desde que tenía tres años. A esa edad, sabía leer, escribir, matemáticas simples, cantar y tocar al menos dos sonatas de Mozart en el piano. Su padre le había enseñado eso último, pero no contaba con que su pequeña lo sobrepasaría un año después. 

Lamentablemente, ella no sabía que eso mismo hacía que sus compañeros de la escuela no la quisieran, pues siempre era la primera en terminar los ejercicios, la que siempre sacaba diez y a quien siempre consentían los maestros. Gracias a eso, era la víctima de las pesadas bromas de sus compañeros, incluso de los niños mayores que ella, que le hacían desde travesuras como ponerle el pie, hasta dejarla encerrada en el baño, pero ella nunca le había querido decir a sus papás. 

Quería mucho a su papá, pero le aburría un poco el hecho de que hubiese renunciado a ser pianista por ser maestro de piano particular, en cambio, admiraba que su mamá no se diera por vencida y siguiera escribiendo, sin importar las malas críticas que llegaba a recibir, y entonces, resistir todo lo que le hacían en la escuela, la hacía sentir parecida a ella.

Cuando le dieron el papel de princesa a Talia, la hija de una de las maestras y el de las hadas a sus tres mejores amigas, pese a no tener un papel en la obra real, Maricela no pudo evitar su disgusto. Sabía que ella merecía ser la princesa, era la más linda y lista y talentosa, como se supone que deben ser las princesas. Nunca le habían interesado las princesas, en realidad, pero estaba convencida de que Talia, que decía groserías cuando no había adultos cerca y le había pegado un chicle en la falda, no merecía serlo.

Le pidió permiso a la directora temporal para tocar el piano en la obra, pero se lo negaron, pues alguien tenía que ser el árbol, y debían aceptar los papeles que les habían dado. No le quedó de otra más que intentar ser el mejor maldito árbol del mundo, como se dijo a sí misma, así que ayudó a su mamá a hacer ramas y hojas y detallar el tronco lo mejor posible.

El día de la obra, se paró a medio escenario, como le habían dicho, y entonces, mientras la princesa corría al otro lado del escenario, tropezó con una de las raíces del árbol que era Maricela, y cayó de cara al piso. Todo mundo río, excepto Talia, que se puso de pie e intentó patear al árbol, sin darse cuenta de que estaba pisando con el otro pie su vestido rosa y esponjoso de princesa, y cuando levantó la pierna para lanzar la patada, volvió a caer, ésta vez de espaldas. 

La gente en la audiencia se carcajeaba, y entonces a Maricela se le ocurrió improvisar.

Lo siento princesa, pero esa no es la forma de comportarse de la realeza, si en lugar de patearme, hubiera intentado pedirme ayuda y sujetarse, su hermoso vestido no estaría ahora sucio y roto y usted no tendría un chichón en la frente que pueden ver desde allá atrás, dijo señalando con sus ramas a la última fila.

Las hadas ayudaron a la princesa a ponerse de pie, mientras las maestras, detrás del telón les decían que siguieran con la obra como debía. Entonces la princesa le dio un beso en la mejilla al sapo, y el sapo se convirtió en príncipe y se casaron y fueron felices, pero a la gente no le importó. Con sus diálogos mal dichos y sus disfraces de tienda y la luz sobre ellos, el árbol sabía que quien les había hecho la noche había sido ella, aún sin querer.

De pronto, dejó de importarle no haber sido la princesa. Cuando todo terminó, y ella iba a quitarse ese disfraz que tanto trabajo le había costado a ella y a su madre, Talia la interceptó y, cuando le iba a dar una cachetada por haberse metido con ella y hacerla quedar en ridículo, la madre de Maricela apareció, y le detuvo la mano a la pequeña, que la mordió y echó a correr. Abrazó a Maricela y besó su frente, mientras, detrás de ella, alguien se aclaraba la garganta. 

Esa niña que le acaba de morder es mi sobrina. lo siento, esa es precisamente la razón por la que por más que su madre insista, nunca entrará a la escuela en que yo enseño. En serio, perdón. Pero he escuchado cosas sorprendentes de Maricela, y me encantaría que fuera mi alumna. Dijo, sonriendo.

Cuando la madre de Maricela lo miró mejor, lo reconoció. Era uno de los músicos más conocidos del país y, además, era maestro de niños con grandes habilidades en una escuela privada que él mismo había abierto, en una ciudad a un par de horas de distancia.

Y, si no le molesta, también nos encantaría tener a alguien tan talentoso como usted, para enseñarle a los pequeños que aman escribir, que son muchos en nuestra escuela, seguramente la admirarían tanto como yo. 

El siguiente año, Maricela estaba tocando el piano en la obra escolar anual, que su madre había escrito y  que, además, había publicado junto con su novela más reciente que estaba siendo todo un éxito. 

Cuando un lugar te hace infeliz, es porque no es tu lugar, rezaban las últimas líneas del libro, palabras que Maricela le había dicho la noche que fue árbol, camino a casa.

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