2 abr. 2013

De lo que ves por la ventana.

Es bien difícil ponerte a escribir cuando hay tantas cosas ocupando tu mente. A veces una nomás quisiera apagar todos los pensamientos y poder escuchar atentamente a tu voz interna demente que te dice que los mates a todos antes de que te maten a ti. Pero bueno.

El tema de hoy en todos lados ha sido el autismo y la compresión sobre lo que implica. Creo que a la mayoría que no estamos en contacto directo nos confunde y no es tan fácil que lo entendamos. Pero el chiste es que lo intentemos, por nosotros mismos y por aquellas personas con ese transtorno. Les dejo éste LINK con una tira que hizo el buen BEF explicando un poco.

Pero bueno, a lo que nos truje.





Llevaba toda la mañana mirando por la ventana, atento a cualquier movimiento en las cortinas del departamento que había calculado como el 301 del edificio de enfrente. En algún momento ella se tenía que asomar. O salir. Al trabajo, a la escuela, a la tienda. Algo. 

Era casi medio día y no había siquiera abierto las cortinas desde la noche anterior, cuando se sentó a leer junto a la ventana, a la luz de una lámpara hasta que algo la distrajo y caminó hacia la puerta. Alguien entró y ella se apresuró a cerrar las cortinas.

Quizá un familiar que se había quedado a dormir, pensé. O una amiga que necesitaba un hombro en el cual llorar después de una tortuosa relación. O... no, ella no era así. No era de las que invitaban hombres a su casa para... bueno. Eso. 

Seguí mirando por la ventana hasta que, cerca de las dos de la tarde, la cortina se abrió y ella apareció, con un vaso de limonada y el mismo libro que estaba leyendo la noche anterior. Ahora sin la lámpara y con el cabello recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello y la delgada cadena de oro que colgaba de él y que destellaba cuando la luz del sol la golpeaba.

La miré, seguro de que ella no me había notado. Ella leía, sonreía a ratos y bebía sorbos mientras yo observaba. De pronto, algo la distrajo, tomó el teléfono que estaba cerca de ella, contestó y su expresión cambió completamente de la sonrisa delicada al ceño fruncido. Colgó el teléfono y se puso de pie. Desapareció de mi vista por unos minutos y, cuando volvió, traía el cabello suelto de nuevo, cayendo en suaves ondas por sus hombros y con un vestido rojo que, aunque no escotado, sí se le ceñía al cuerpo, resaltando cada una de las curvas en él. 

Se acercó a la ventana, miró hacia la calle y pude ver cómo suspiraba. Terminó de ponerse labial y lo dejó junto al libro que hacía menos de una hora le sacaba sonrisas. Alguien llamó a la puerta, ella fue a abrir y, cuando volvió a aparecer en la ventana, fue para cerrar las cortinas. Ésta vez alcancé a ver una silueta detrás de ella. Un hombre alto, de pelo canoso, que se le acercaba por detrás a besar su cuello.

Pero eso no podía ser. Ella no era así. Me quedé esperando junto a la ventana. Me fumé un cigarro. Ya eran las seis y nada pasaba. La cortina no se movía. Seguí esperando.

Poco antes de las diez de la noche, la cortina se abrió, junto con la ventana. Dejaba entrar el aire y las cortinas bailoteaban al mismo tiempo que los cabellos de ella se movían alrededor de su cabeza, dándole un aire aún más encantador. Tomó el libro y se sentó junto a la lámpara. Mientras leía, no había sonrisa, como todas las veces anteriores que la había visto. No parecía poner atención. Y entonces, una lágrima
captó la luz de la lámpara al bajar por su mejilla. 

De pronto, miró exactamente hacia donde yo estaba. Era imposible que me viera, siempre estaba a oscuras y dudaba que tuviera una buena vista del quinto piso del edificio de enfrente, yo vivía. Sonrió tímidamente, me escondí detrás de mi propia cortina y, cuando me di cuenta, ella ya había vuelto a cerrar las suyas. 

La mañana siguiente, abrió las cortinas temprano. Pareció estar más animada de lo normal, limpió, casi pude escucharla cantar mientras acomodaba los cojines del sofá. De pronto, algo la distrajo de nuevo. El teléfono. Su expresión volvió a cambiar. Cuando colgó, volvió a mirar hacia afuera, hacia donde yo estaba. Después, hacia abajo, la calle poco transitada sobre la que estaban los edificios. Abrió la ventana y el viento fuerte de esa mañana voló el pañuelo que le detenía el cabello. La miré mientras asomaba medio cuerpo. 

Regresó adentro y me sentí aliviado. Al menos hasta que la vi en ropa interior, con el cabello arreglado y los labios rojísimos abrir toda la ventaba y sentarse en la orilla. Lloraba, quise correr y decirle que no lo hiciera, pero cuando mis pies decidieron obedecerme, era tarde. 

Lo que la mató fue caer sobre el cuello. Su cabeza prácticamente se desprendió del resto de su cuerpo de manera interna. La miré desde la ventana. Su cabello ondulado, los labios rojos, la sonrisa plácida. 

Al menos sabía que ahora estaba en paz. En la mesita junto a la ventana, las páginas del libro no dejaban de agitarse con el viento que entraba por la ventana. Nunca supe su nombre, pero su libro, ahora mío, descansa junto a mi ventana, desde donde la observaba.

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